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La hipocresía de las compañías aéreas

Un breve comentario en defensa de los pasajeros

La hipocresía de las compañías aéreas, suele volar mucho más alto.

 

Desde sus cuidadosas propagandas, donde por lo general se muestran cielos inmaculados, máquinas brillantes, ejecutivos bien relajados sobre asientos inmaculados, fuertes azafatas afrodisíacas y las bondades de un espléndido servicio en tierra y en el aire.

Todo esto suele ser casi siempre, una reiterada película de ficción.

Cualquiera que haya viajado en avión, en algún momento, le ha tocado comprobar en carne propia que (y muy especialmente en vuelos de larga distancia), desde su llegada al aeropuerto de embarque, deberá someter su paciencia, flema, agudeza y templanza, a una intrínseca prueba.

Usted llega a la terminal aérea con su equipaje a cuestas y se dirige hacia el mostrador de la compañía que lo transportará. Una vez allí, por lo general, será sorprendido por una larga fila que serpenteará lenta y tortuosamente por entre cintas, separadores, valijas, bolsas, pibes y soportes metálicos. En el mejor de los casos, habrá tres o cuatro auxiliares a cargo del despacho y tras una espera considerable, llegará con sus pertrechos hasta la persona que lo atenderá. Si lo reciben con una sonrisa, no lo dude, es su día de suerte, usualmente los monosílabos resultarán ser la mejor bienvenida, lo asistirán mecánicamente y muy rara vez lo despedirán con un: - Buen viaje. Por otro lado, mejor será no haberse excedido con los kilos permitidos o con el tamaño del equipaje de mano que llevará a bordo, eso podrá provocarle su primer dolor de cabeza. Como medida inicial, le pedirán que lo despache con el resto de las maletas, de negarse o si trata de dar alguna explicación coherente, lo escrutarán como si fuese un delincuente, casi un terrorista y deberá acceder o negociar lo mejor posible la situación.

Dejando para otro análisis y comentario las esperas en el sector de migraciones y embarque, el tan ansiado momento de la llamada para su vuelo, no resulta menos complicado. En cuanto la delicada e impresentable voz del parlante informa que: - ha comenzado el embarque del vuelo…, nuevamente la fila se hará presente en la sala, pero ésta vez para cualquier lado y con desorden absoluto porque para entonces, ya no habrá separadores o guías, sólo sillones, personas, pequeños equipajes, computadoras de mano, diarios no leídos, bolsas con recuerdos y compras del Free Shop. Igual, está todo bien, la cuestión es viajar y subir cuanto antes a la nave. Una vez dentro, los problemas de espacio le auguran un sin fin de sorpresas y mayores complicaciones; el pasillo para transitar es angosto, sólo apto para caderas de modelos anoréxicas, porque todo aquel que tenga algunos kilitos de más, se verá obligado a caminar casi de costado y ni que hablar de los que ostentan, con orgullo, una panza pronunciada porque deberán hacer innumerables pases de ballet como para poder avanzar. Finalmente y algo agitado, llegó al número de su asiento, fila central de cinco tronos; la transfiguración de su rostro resultó inmediata e imposible de disimular. Resignado y tras un corto suspiro, pretenderá colocar su bendito equipaje de mano en los compartimentos superiores, pobre de usted, en cuanto abra la puertita que le corresponde, descubrirá que ya está llena hasta la manija con bolsos, camperas, bolsas, paquetes y más paquetes, no le queda otra que buscar por otro lado, sin éxito obviamente, así que, presionado por la fila que lo observa con desprecio, no le quedará otra que sentarse en el estrecho asiento del medio, abrocharse su cinturón y poner el maldito bolso sobre las piernas. La hilera ya está completa, en realidad,  todo el avión está al límite de su capacidad. Con paciencia y acatamiento, espera la hora del decolaje, sin embargo, la azafata se frena en su sector, lo mira fijamente a los ojos y no crea que ha surgido un inesperado enamoramiento, nada que ver, no se haga ilusiones, con voz fuerte y retórica le dice (le escupe diría) que ese bolso no puede ir en ese lugar y que si no tiene donde meterlo, lo debe colocar debajo de su asiento; menuda tarea. Usted asiente educadamente, lo baja como puede por entre sus piernas agarrotadas, trata de empujarlo pero es muy gordo y no pasa, lo aplasta con los puños y lo presiona con el taco hasta lograr meter la mitad bajo un nudo de mantas, diarios, revistas y el salvavidas. La azafata no se da por satisfecha y lo observa con impiedad, tanto usted como el miserable bolso, se han convertido en un verdadero fastidio; con enfado, estira el cuerpo y el brazo hasta llegar con la punta de los dedos y por entre sus rodillas magulladas a empujarlo con vehemencia. Y aunque en realidad no logró correrlo ni un centímetro, ella entiende que la misión ha sido cumplida y sin despedirse de Usted, se aleja raudamente por el corredor, moviendo el culo para todos lados.

Ahora si, ha llegado el momento del despegue. Respaldos y mesitas en posición vertical, (mientras su nariz casi roza el muro delantero) cinturones bien abrochados y ajustados, la gente se persigna, alguno le pega un trago a la petaca, la gente murmura o enmudece y las turbinas suenan con mayor potencia. El avión se mueve suavemente y comienza a carretear, de inmediato aparecen en pantalla las usuales indicaciones de seguridad: Que las mascarillas, el chaleco flotador, las puertas de emergencia, el cinturón de seguridad, permanecer sentados, apagar el celular, no fumar, no moverse, no ir al baño, quietitos y sin joder. Que tanto! La potencia del despegue hace que todo vaya hacia atrás, hasta las mejillas parecen ser empujadas hacia las orejas. Pobre la que tenga cirugía porque se le pueden correr hasta los puntos. El aparato levanta la trompa y sube, algunas veces con increíble suavidad, en otras ocasiones, con movimientos tan bruscos que pueden llegar a provocar inesperadas arcadas, porqué no, una buena vomitada. Ahora sí, la nave ha comenzado a estabilizarse, el Mundo comienza a verse cada vez más chiquito y pronto sacarán el cartel de mantener los cinturones abrochados. Al menos eso es lo que uno espera.

Después de cuatro horas de vuelo, los carritos contenedores, cargados de bandejas y bebidas, comienzan a recorrer los pasillos dejando varios moretones marcados sobre codos y piernas desprevenidas sobresalientes a la línea Maginot, perdón, a la línea permitida, pero eso no tiene importancia, hay que entregar las bandejas lo más rápido posible y dar de beber a todos, aún a costa de alguna mojadura. Se inicia entonces una de las luchas más cruentas por la supremacía territorial entre los pasajeros. La fuente ocupa casi toda la mesita, que por supuesto, maltratará sin piedad, la barriga de los más robustos; hay muchos platitos, sobrecitos y otros elementos, huevadas en definitiva, que la compañía consiguió como canje. La realidad es que hay muy poco para comer pero de todas maneras habrá que nutrirse. No existe ningún manual que explique como hacer para cortar un peceto reseco en un espacio tan reducido porque las empresas sobre entienden que ese acto forma parte de la naturaleza humana. Con cautela mirará de reojo a sus vecinos, juntará los brazos, las manos y achicará los hombros para poder cortar, pinchar y llevar el bocado hasta el lugar correcto. No será una tarea sencilla. Tras la cena, agotado por el esfuerzo y aún con la bandeja maltratando sus costillas, se resignará a que le retiren las sobras cuando ellos lo crean conveniente. Milagrosamente y entre el tumulto de pasajeros, bandejas, vasos, latitas, colchas, almohadas, bolsos, maquiavélicos e incipientes ronquidos, consigue relajarse y entrar en sueño. Tules, aves y bellos paisajes encantados se derrumban imprevistamente, el avión ha comenzado a moverse en el medio de la noche, se han vuelto a encender los cartelitos de “abrocharse el cinturón” y de "no smoking" (como si algún iluso despistado pudiese prenderse un pucho durante una charla entre camaradas), una voz le avisa que se encuentran atravesando una zona de turbulencia y que deben permanecer sentados. El zumbido de las turbinas pasa a ser el sonido preponderante dentro de la cabina, nadie habla ni se escucha el más mínimo comentario; sin excepción, todos obedecen como mansos corderos. La penumbra crea un clima aún más dramático, las sacudidas son más violentas y continuas, tanto, que consiguen sacar algunas exclamaciones y lamentos. En pocos minutos, la incomodidad del asiento se hace más notoria mientras el cinturón parece convertirse en un detestable cómplice ideal para la tortura inquisidora. De refilón y por la ventanilla media baja, usted advierte que la negrura exterior es absoluta, ya no pasan los auxiliares de a bordo y los monitores se mueven a punto tal, que ya no se distinguen con claridad las imágenes por los saltos del horizontal. A esa altura, uno se pregunta: ¿Cuándo parará ésto? O peor aún, ¿Quién me mandó subirme a ésta cosa? ¿Cuándo sacarán los cartelitos?  Me muero por ir al baño.

Tras una noche complicada, mal dormido y sumergido en un hueco surrealista, el sol del amanecer resulta un bálsamo para el espíritu. Si bien el avión continúa bamboleándose, ya no es tan intenso y se tolera a fuerza de acostumbramiento y resistencia. Quizás sea tiempo de ir al baño. Con el permiso de sus vecinos, los cuales deben, inexorablemente, levantarse de sus prisiones, se atreve a caminar hasta el sanitario que, por supuesto, se encuentra coronado por un grupo de otros ávidos necesitados. Inoportunamente y mal que le pese, reaparece la simpática azafata quien, sin la menor consideración por los elementales requerimientos fisiológicos, ordena con vehemencia y ante la multitud, regresar a los asientos. Estoicamente, Usted se agarrará la entre pierna con la firme amenaza de mearla de arriba abajo o de provocar un motín a bordo con el tenedor de plástico que le quedó de la fastuosa cena, consigue permanecer cerca de la puerta. Finalmente los portales del paraíso se abren de par en par. De frente, le sale una vieja lunática despedida como un resorte, aferrándose la pollera, empujándolo y con cara de pocos amigos. Obviamente no le presta mayor importancia dado que ahora si, llegó el momento, su cuerpo ya no resiste más, entra sin miramientos, levanta la tapa del inodoro y deja que el líquido fluya libremente; es su primera sensación de independencia después de tantas horas de aflicción. El alivio lo lleva a recobrar su habitual mesura y serenidad,  recién entonces advierte que tampoco en el gabinete existe mucho espacio, ya no hay jabón, ni toallas y además las evacuaciones acumuladas producen un hedor repugnantemente ácido, pero eso ya no le preocupa, sólo quiere llegar a destino, aunque todavía le queden otras cinco horas de encierro y autoflagelación.

 

Antes de venderle el pasaje, las compañías aéreas y  también las agencias que cobran una magra comisión por vender los pasajes, utilizan los mejores argumentos para lograr concretar la operación. Jamás le dirán que deberá viajar atado, que la comida será pésima y ofrecida de compromiso, que puede tener que soportar sacudidas, pozos de aire, temblores, problemas de presión, contracturas y malestares físicos provocados por tener que viajar como una sardina enlatada. Los únicos vestigios de libertad que perdurarán en usted durante el vuelo, serán sus ideas y sus pensamientos.

Pese a los avances de la tecnología y lo maravilloso de volar, las compañías aéreas defenestran sus principios, saben perfectamente que tienen la sartén por el mango y aplican esa evidente ventaja como el peor de los sátrapas. Convertirse en pasajero podría compararse a ser un cautivo conciente de las voluntades de un grupo egoísta y en extremo materialista.  Más allá del vuelo en sí mismo, las tarifas aéreas se han vuelto muy competitivas dentro del mercado aerocomercial (aunque ellos mismos han provocado y alimentado esa guerra); lloran amargamente por sus pérdidas, bajan las comisiones a sus agencias emisoras, despiden personal idóneo y buscan justificar hasta lo injustificable con tal de salir indemnes.

Durante estos últimos meses, las compañías aéreas han puesto en marcha otra brillante idea: maquillar las tarifas publicadas con el agregado de tasas e impuestos arteros y arbitrarios que, obviamente, el pasajero tendrá que pagar. Un descaro total. Como es su costumbre, se escudarán, se defenderán, dispondrán de medios subordinados, dirán que es su política empresaria y hasta adoptarán la posición de víctimas lastimosas por las presiones que deben soportar por parte de los gobiernos, asociaciones, empresas de seguros y el tan esgrimido, aumento de los combustibles, lo cierto es que…

 

Veraz que todo es mentira, veraz que nada es amor, que al Mundo nada le importa, Yira, Yira….

 

 

Alejandro Maruzzi

Maruzzi Viajes

 

 

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