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Cuentos parte 2 (suspenso)

La Jardinera

Cuento de suspenso para adultos.

LA JARDINERA

 

E

l patio de la escuela estaba decorado con esmero, tal como solía verse en las conmemoraciones de las fechas patrias. A cada lado del escenario, los mejores promedios sostenían, orgullosos, las banderas de ceremonia; abultadas escarapelas, celestes y blancas, contrastaban fulgurantes y suspendidas sobre el enorme telón bordó; guirnaldas multicolores cruzaban de pared a pared junto con una veintena de globos anudados a cada extremo. Una alfombra carmín definía claramente por dónde debían pasar los principales personajes. Como era costumbre, en la primera fila se ubicaban las autoridades, más atrás los alumnos y finalmente los familiares y allegados. Reinaba un clima de alegría y emoción, es que no sólo era el cierre del ciclo lectivo, también era la consagración de los nuevos bachilleres y la gala de bienvenida para todos aquellos que ingresaban, por primera vez, a la escuela secundaria. Perdido entre decenas de uniformes blancos, azules y grises, se encontraba Matías, el hijo de Filippo, quien concluía con éxito, su paso por la primaria.

El padre casi nunca concurría a las fiestas del colegio, es que tras la separación, se había transformado en un ser retraído, de bajo perfil,  huraño y solitario, salía muy poco y le escapaba a todo lo que fuesen reuniones sociales. Tres filas más adelante, su ex mujer lo controlaba de reojo junto a su arrogante, desconocido y joven acompañante. Él, con cierto desprecio, la observaba disimuladamente.

Como un acto reflejo, los acordes del Himno Nacional, hicieron levantar y mirar hacia el frente a toda la multitud. Susurrando las estrofas, que casi no recordaba, Filippo mantuvo su postura firme hasta el estribillo. Sin saber porqué razón, sus ojos se desviaron hacia una falda sugerente y azabache que estaba a sólo dos butacas de su asiento y de su mirada. Por su boca ya no salía palabra alguna, había entrado en otro canal, en una sintonía distante, incluso el himno, pareció volvérsele un dulce y pegajoso bolero caribeño. Su mente estaba en otra cosa,  decididamente concentrada en seguir cada centímetro de aquella curvilínea figura, de cabellos asedados, brillantes, rubios y dorados, los cuales caían armoniosamente sobre los claros hombros descubiertos. Era una espalda magnífica, equilibrada y sensual, una perfecta conjunción de estilo, armonía y belleza femenina, que de repente desapareció entre las butacas y entre decenas de espaldas asistentes, de brazos inquietos, es que la canción, tras los aplausos, había tocado a su fin.

Pasaron los saludos, los agradecimientos, las entregas de los diplomas y las medallas recordatorias, finalmente las palabras de cierre del Director anunciaban el esperado brindis de honor a servirse en el gran salón comedor.

Ansiosamente esperó sentado que ella se incorporara, quería verla de frente, y bien valió la pena, aquella mujer era increíblemente atractiva, cautivante y cadenciosa, sus labios carnosos, pintados en un suave tono ámbar, combinaban espléndidamente con la sombra de sus protuberantes párpados, un flequillo blondo, prominente y tallado le caía sobre la frente, resaltando el verdor de sus ojos despistados. De andar calmo y refinado, cada paso era como un vuelo que permitía destacar, en forma maravillosa, sus esculturales piernas, lujuriosamente enfundadas en negras medias traslúcidas con fina costura al medio; se trataba de una verdadera obra de arte, digna modelo de Botticcelli, Leonardo o Miguel Angel, de los cuentos de las mil y una noches, de la portada de cualquier revista de moda.  Su otro yo, se metió bien dentro del escote y su morbo descansó por un instante sobre esa piel  firme y sabrosa. Estaba fascinado y no podía ocultarlo, hasta trastabilló cuando pretendió incorporarse, ella indiferente pasó muy cerca de él, dejando un aroma a Chanel que lo enloqueció definitivamente.

Se llamaba María Cristina Iberburen Montoya, viuda y madre de Magdalena, compañera de Matías, una niña muy reservada, esquiva y con evidentes problemas de integración.

Quería llegar a ella a toda costa, sabía que finalizado el acto le sería muy difícil volver a verla, sin titubear demasiado y con incuestionable argucia decidió buscar el camino más accesible y menos comprometido; recurrir a los niños.

Pensó entonces en invitar a todos los compañeros de su hijo a ver una muestra de arte clásico que él estaba presentando en el Museo Larreta, era una excusa excelente como para acceder a un acercamiento formal. Las maestras de inmediato estuvieron encantadas y, aprovechando la ocasión, le comunicaron a toda la concurrencia la importante novedad.  Había logrado el primer gran objetivo, llamar la atención del grupo, especialmente el de ella.

Recostada contra la pared lo miraba fijamente como una leona que había marcado a su presa; él, ganador y cortés, aunque conmovido por dentro, se le acercó simulando prestarle poca atención y con cierto aire desinteresado. Con delicadeza se presentó y tras las consabidas frases introductorias, llegaron las conversaciones de avanzada, marcadamente banales y poco originales. Sin demasiada demora, la galantería lo dejó al descubierto y una catarata de suspicaces  insinuaciones, quitaron los últimos vestigios del protocolo inicial, poniendo en evidencia las segundas intenciones.  Ambos habían comenzado un juego irrefrenable.

Quedaron en verse la tarde siguiente, en la confitería “Del Odeón”, un café literario extremadamente bohemio, remodelado recientemente y en pleno corazón del barrio de Monserrat. La fachada era blanca y poco ornamentada, casi desnuda, un par de toldos cubrían y enmarcaban los cristales fileteados por artesanas manos, en el centro del edificio se destacaba la puerta vaivén de añejo nogal como único acceso posible. Toda la riqueza estaba en su interior, como suele ocurrir con las personas. Las sillas y mesas vienesas se ajustaban perfectamente al espíritu del lugar, sus paredes descortezadas mostraban, desde los cimientos, antiquísimos ladrillos y cascotes en tonos ocres y rojizos, revestidas y adornadas con viejas fotos sepias que enseñaban, por aquí y por allá, algún recuerdo del Buenos Aires de ayer. Estantes repletos de libros y enciclopedias, se acomodaban, a su aire, entre clarinetes, violines, partituras, candelabros, botellones vacíos, planchas de fundición, portarretratos, jarrones sin flores y algunas dosis de polvo. Desde la bovedilla, lámparas anaranjadas pendían simétricamente sobre las cabezas de los parroquianos, colaborando apaciblemente con el clima íntimo y sereno. Una primitiva barra de madera, ribeteada con lustrosos bronces, sostenía serpenteantes hileras de finos tintos, cavas de Cataluña, pilas de platos y bandejas de latón, en la orilla lindera hacia la calle, yacían como trofeos, recipientes de vidrio repletos de aceitunas verdes y negras, canastas de pan casero y una pata de jamón.

Filippo llegó primero, casi diez minutos antes del horario pactado, expectante y elegantemente vestido, pidió un café y se encendió un cigarrillo. Fijó sus ojos en la puerta y quedó en clara posición de espera, entre el humo y los  desconocidos testigos que poblaban al viejo Odeón.

Apareció discreta pero sugestivamente vestida, casi puntual. Las hojas de la puerta giratoria aletearon cerca de su espalda como si trataran de festejar su ingreso, más de un ávido lector levantó la vista por encima de las estrofas para admirarla de cuerpo entero,  hasta el mozo, con la bandeja desbordante de cazuelas, copas y cubiertos, dudó en su equilibrio y se aferró a un perchero de pared. Para entonces, a él se le iluminó el rostro y por un instante creyó flotar sobre la mesa, la saludó torpemente, hasta  quebró su voz cuando intentó pedir, con amabilidad, que se sentara. Fascinado, no podía creer que semejante hembra estuviese tan sumisa, tan radiante y vulnerable, al alcance de sus manos.

Platicaron larga y amenamente, progresando con cada palabra el conocimiento mutuo el cual, acentuó decidida y definitivamente, la atracción entre ambos personajes.

Le contó que era viuda, creyente y maniática de la naturaleza, de la flora y de la fauna. Sus padres le habían legado una considerable fortuna, por lo que vivía de rentas. Dedicaba el tiempo libre a sus plantas y animales domésticos, a viajar y a comprar en las mejores tiendas de París y New York  y ,pese a tener varias propiedades en la Argentina, prefería residir en su vieja casa paterna ubicada en las barrancas de San Isidro. Filippo se sintió abrumado, algo perdido, perturbado e insignificante; es que su pasar no era del todo cómodo, en verdad, le costaba afrontar hasta las cuentas más ínfimas de servicios, la separación había hecho estragos en sus finanzas, en su economía urbana y casera. El estudio de arquitectura y las clases de historia en la Universidad del Salvador, no alcanzaban a cubrir los gastos, de cada día, de cada mes, muy ásperos de soportar. Su ex mujer disfrutaba de la situación acosándolo con más cuentas, compromisos y cuotas por alimentos, las deudas le crecían como raíces de un añoso árbol y para peor, aún le quedaba pendiente el mes de alquiler. Su semblante había cambiado por completo y la metamorfosis lo llevaba, inexorablemente, hacia un sentido inverso. De rana a renacuajo, de tigre a ratón de cloaca. Intuitiva, le dejó bien en claro que no le interesaban los hombres con dinero, ella se guiaba  fundamentalmente por la esencia de las personas y no por las posesiones materiales. Un bálsamo invisible lo cubrió de pies a cabeza y esa brisa de aire fresco, lo recompuso y le levantó la estima.

 

Volvieron a verse en el Museo, el día en que las autoridades del colegio decidieron llevar a los niños a la visita temática. Recorrieron juntos salas y corredores adornados por decenas de telas flamencas, renacentistas e impresionistas, él, a cargo de la visita, explicaba con simples palabras, los temas, las pinceladas, las perspectivas, la colorimetría, los claroscuros y una concisa biografía de cada autor. María Cristina, expectante, lo devoraba imperturbable, forzándolo, por momentos a perder la concentración y su postura académica. Haciendo valer su experiencia y su felino linaje, lo rozaba discretamente con sus caderas, le acariciaba los muslos y respiraba sobre su cuello tan cerca como podía, provocándolo con insistencia. Finalmente, se distanció un tanto del grupo procurando llamar aún más su atención. Se desprendió, mórbida y acalorada, el botón de su blusa asedada, dejando a la vista de él y de cualquiera, el fino encaje de su labrado corsé, tan sensual como libidinoso. En la sala dedicada a las obras de “Goya”, Filippo delegó la explicación a la guía oficial del museo, se replegó hacia una supuesta retaguardia para quedar en segundo plano y con escasa participación escénica, sin medias tintas, muy seguro de si mismo, caminó directamente hacia ella, la empujó contra unos telones de terciopelo que separaban al ambiente principal del depósito de cuadros y, escudado tras los lienzos, la arremetió con desesperación. Pese a que ella intentó soltar un grito fingido y absurdo, él le tapo la boca con un beso frenético y apasionado. Con impericia pero eficaz, abrió, tal como si se tratara de un débil abanico, la camisa de seda para hundirse, de una sola vez, contra las ondulaciones de aquellos imponentes pechos marmolados, embriagándose con la exquisita savia perfumada de Afrodita. Levantó con sus rodillas la pollera y trabajó con sus dedos por los canales secretos de la virginidad corrompida, se percató que no llevaba bragas, ni resistencia alguna. Con los latidos en franca ebullición, completamente sacado, invadió bruscamente el territorio húmedo que lo bañaba.

Imperturbables, mudos testigos los observaban desde dorados marcos, rostros desconocidos, de apariencia diversa, gozando híbridos, la pasión y el jadeo desencadenado. Allí estática, entre los óleos y las aguafuertes, una diminuta figura presenciaba, en silencio, aquel acto descontrolado. Filippo volteó instintivamente la cabeza y sorprendido advirtió que no estaban solos en aquella habitación desvencijada, Magdalena, la hija de María Cristina, los escudriñaba taciturna y vigilante. Sus ojos penetrantes le sacudieron el alma y sin poder proferir ni una sola palabra, enrojecido, avergonzado y apabullado se apartó automáticamente de la mujer. La madre trató de explicarle, pero la niña mantuvo su postura hipnótica e inexpresiva, dio media vuelta y salió por entre las cortinas.

Una voz gutural que se alejaba dictó una especie de sentencia:

- Estas muerto.

 

Aunque longeva, la casa lucía hermosa, diáfana e inmensa. Cada ventana remataba con un peculiar detalle ornamental,  todas enmarcadas con delicadas celosías y columnas de maderas repujadas y barnizadas,  en cada base pendía un cantero de algarrobo repleto de capullos turquesas y amarillos, en lo alto, tejas negras dibujaban sobre la carpintería varios quiebres pronunciados, marcando abiertamente las distintas dependencias de la mansión. El parque era una fiesta para los ojos; miles de flores esparcidas ordenadamente sobre el inmaculado césped, creaban geométricas figuras y trazas a lo largo y a lo ancho de toda la verde expansión.

Filippo creyó estar frente a un digno esbozo de los jardines del palacio de Versalles. Embelesado tocó a la puerta, se estiró la camisa y retuvo el aliento. De inmediato, la dueña de casa lo recibió como una verdadera reina, impecablemente ataviada, le acarició la mejilla, le sonrió y lo invitó a pasar.

Por dentro la casona cobraba dimensiones espectaculares, el reluciente recibidor daba paso al gran salón de evidente estilo inglés. La mesa central estaba acomodada con sumo reparo, copas de cristal, cubiertos de plata, pulidos posaplatos de metal, porcelanas de Limoge, manteles y servilletas bordadas, enmarcaban al pomposo arreglo floral que, deliberadamente, daba un toque de frescura al perímetro conservador. Los tres, se sentaron cortesanamente,  ella en la cabecera, la niña y él en ambos laterales. Descorchó una botella de exquisito champagñe francés y lo sirvió, sin volcar fuera ni una sola gota, brindaron bajo el distante encanto, de “I Pagliacci” de Leoncavallo, y se dispusieron a saborear el primer plato: langostinos y champiñones flambeados sobre una base tibia de crema y cogñac. Luego, como segundo, perdices asadas al vino blanco acompañadas por papas rosti, de sobremesa un grial colmado de sambayon, nueces y frambuesas. Para concluir bebieron  té de rosas y jazmines. Todo resultaba maravilloso, hasta pareció quedar en el olvido el embarazoso momento vivido en el museo. Magdalena se había retirado y quedaron solos de cara al ventanal que miraba hacia aquel mágico vergel. Ella se reclinó un poco, dejando que los rayos del sol jugaran con su bello cuerpo,  levantó  perezosamente su falda como para mostrarle las azuladas tiras del portaligas, separó las piernas, se frotó bajo las sombras y entreabrió con lentitud los labios, él no pudo ni esquivar ni disimular la mirada, quedó embutido dentro de la  sinuosa carne relamida. De pronto, la imagen se le desdibujó y un mareo repentino lo abrumó, pensó que había bebido demasiado alcohol e intentó responderse pero fue en vano, su ser ya no le pertenecía quedó, sin remedio, tendido e inerte sobre el sofá.

Despertó envuelto en nubarrones, encerrado dentro de una celda tal como si se tratara de una fiera,  por una pequeña banderola ingresaban los últimos destellos del día, el resto era penumbra que hacía irreconocible la zona. No tenía idea de dónde se encontraba ni como había aparecido allí, con dificultad se enderezó aferrándose a los barrotes y con gran esfuerzo  hasta lograr ponerse de pie. La sensación fue horrible, porque creyó estar al borde de un precipicio, la cabeza le daba vueltas y vueltas lo que le impedía trasladarse con seguridad, sentía terribles dolores en el vientre, nauseas y una jaqueca persistente que le taladraba el cerebro. Se arrojó contra la abertura golpeando fuertemente su rostro contra el vidrio, estiró el cuello ensangrentado y alcanzó a ver a la niña hamacándose en el jardín, le gritó con desesperación sin que ella se inmutara, sacudió sus manos y trató, infructuosamente, de romper los cristales. Bramó y chilló con insistencia, pero la niña no lo escuchaba, seguía columpiándose metódica, indiferente y sosegada. Escuchó por detrás, un taconeo familiar que se acercaba y que se detenía muy cerca de él, acobardado, se refugió en un rincón. La luz se encendió de repente, descubriendo una parte desconocida de la mansión, erguida junto a una desvencijada escalera María Cristina le sonreía diabólicamente,  llevaba puesto un mameluco descolorido, el cabello levantado y guantes de goma cubriendo sus delicadas manos, las cuales sostenían una pala de puntear. Filippo creyó que todo se trataba de una pesadilla, que en un abrir y cerrar de ojos despertaría sobre el confortable sillón de pana, pero nada de eso ocurrió, por el contrario, su atormentado estómago corroboraba la amarga e incomprensible realidad.

Exhausto y carente de energías, le suplicó con la mirada algún tipo de explicación, ajena a sus plegarias, lo ignoró.  Caminó segura por el cuarto hasta llegar a una moledora horizontal de gran tamaño, la activó,  haciéndola girar como un ruidoso trompo, introdujo con cuidado la filosa herramienta y con metódicos movimientos, comenzó a revolver el extraño contenido. 

De espaldas y con voz amable, le narró una historia que se remontaba a tiempos de su infancia.

Una mañana de verano, caminando por la ribera del río, encontró arrinconado en una caja de zapatos a un pequeño gatito abandonado, tan bonito y cariñoso era, que lo llevó a escondidas hasta su dormitorio, aún sabiendo que sus padres le tenían terminantemente prohibido llevar dentro de la casa cualquier tipo de mascotas. Con temor, lo ocultó como pudo debajo de su cama, pensando que no lo hallarían. Sin embargo, el pobre gato, desamparado y  muerto de hambre, maulló y maulló sin parar durante la noche, desvelada, trató de darle leche tibia, pero el menudo animalito aún no sabía tomar del plato, intentó atenuar los sonidos cubriéndolo con las colchas de la cama, pero arañando las sábanas, se le escapaba por los costados, como último intento, lo encerró dentro del guardarropas, sin recordar que era contiguo al dormitorio de sus padres, grave error, pues a los pocos minutos, desde la oscuridad, apareció la esbelta y fornida imagen de su padre que la arrancó con excesiva violencia del calor de su lecho, aturdiéndola con insultos y sacudones, obligándola a confesar lo que pasaba. Bajo severas amenazas, abrió la puerta del placard y le entregó, aterrorizada, el indefenso cachorro, aquellas manos lo atraparon por el lomo y de un solo movimiento, le retorció en pescuezo hasta dejarlo sin vida. Durante horas lloró desconsoladamente. Hasta que su madre, sensible pero subordinada a la autoridad de aquel hombre, silenciosamente se acercó a su lecho,  la acurrucó entre sus brazos y hablándole al oído de dijo con ternura, que el alma jamás moría y que todos los seres, buenos y malos la poseían, que Dios, en el cielo, gozaba de un enorme jardín al cual cuidaba con sabiduría y esmero porque cada pimpollo significaba un nuevo espíritu, una flor naciente, irrepetible e inmaculada, y él, como supremo creador, velaba para que de ningún modo se marchitaran.  Su argumento consiguió sosegar un tanto las penas, por cuanto los lloriqueos fueron cada vez más aislados. La comprensiva señora regresó a su cuarto y murmuró algo que, intuyo, provocó la ira del padre, quien airadamente comenzó a vociferar, hubo alaridos y agresiones por doquier, muebles que corrían de un lado para el otro y chillidos aislados que resonaban como un eco por toda la casa,  hasta que se escuchó un concluyente golpe, seco y potente tras lo que sobrevino un profundo silencio. Se dirigió temblorosa hasta el cuarto de sus padres, donde todo estaba revuelto y desparramado, bajo la penumbra, surgía la deforme imagen del criminal que hincado sobre el respaldar, sollozaba consciente el daño irreparable. Al tiempo que, en el suelo, los cabellos de su madre se teñían intensamente de rojo.

Las influencias políticas lo ayudaron para que el juez lo absolviera alegando que se trataba de un simple accidente.  Regresaron a la casa después de un largo período y bajo terribles amenazas, continuó parte de la vida compartiendo el mismo techo que el homicida.

Con la luna en menguante, le preparó a su padre uno de sus platos favoritos, trucha asada con salsa de espárragos y alcauciles,  agregando en la comida, un poderoso veneno para ratas. Decoró la fuente con prolijidad, le sirvió vino en su copa predilecta y llevó la bandeja hasta su sitio en la mesa. Se sentó frente a él y lo contempló devorar cada porción de la comida, al poco rato nada había quedado, sólo algunas migajas de pan y el espinazo del pescado.

 

- Mis flores son almas y yo soy su Diosa.

Dejó la pala a un lado y descubrió una pizarra que colgaba contra una pared ensangrentada.

Con el último aliento él leyó horrorizado, lo escrito en cada uno de sus renglones:

 

Gato: campanillas.

Madre: orquídeas.

Padre: ortigas.

Juan: claveles.

David: jazmines.

Edmundo: geranios.

Matías: magnolias.

Filippo: camelias...

  

Fin

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