Para Alfredo
Querido Alfredo
Cuando algún amigo o compañero de trabajo, se acordaba de él, lo hacía siempre con una sonrisa, y por supuesto, con un dejo de nostalgia. Aquellas anécdotas compartidas resultaban mágicas melodías para mis oídos porque todos esos pequeños relatos, esos trazos de vida, me permitían descubrir nuevas facetas de su generosa personalidad y me franqueaban las puertas de la memoria, de las evocaciones, de las remembranzas que me ayudaban a viajar hacia la infancia, hasta la vieja casa de la calle Hornos 1040 del barrio de Barracas, hacia aquellos entrañables recuerdos que creí perdidos en el tiempo. Yo los recibía como una auténtica bendición, como un magnánimo regalo del cielo.
Alfredo, un italianito que vino de pantalones cortos a la Argentina y que en cuanto llegó, según cuentan los que saben, aprendió a amar, desde el primer día, a la refulgente Reina del Plata, su querida Buenos Aires, una ciudad a la que hizo propia, donde hechó raíces y que jamás abandonó. Tanto es así que, hasta es muy posible que hoy, en los inicios del siglo XXI, esas mismas calles empedradas, el aroma urbano, las veredas rotas, la puerta del diario, las ediciones de bolsillo, las vías muertas, la radio, el café cortado y el cigarrillo rubio sin filtro, también lo extrañen.
Así lo pinta su hijo Alfredito: - El viejo era más porteño que el obelisco. O como lo contó su hija Dina, mi madre: - Papá quiso siempre a la Argentina y siempre expresó lo que sentía. Si él te quería te lo decía, no se guardaba nada… Es que Alfredo era un ser cariñoso, feliz con su familia, con sus amigos, con el simple hecho de levantarse cada mañana y tomarse unos mates junto a Carmecita en la cocina de la casa, un lugar sagrado donde escribió sus más bellos poemas, letras y composiciones.
El “nonno” era periodista pero para mi alma de niño, para mi mirada inocente, él era mucho más. Fue músico, creador y buscador de informaciones, compañero, cómplice y educador; alentador de sueños y mecenas, fue mi ángel de la guarda y quien me regaló a “Colita”, una inquieta perrita mestiza que vivía para esperarlo.
Te quiero viejo, te quiero tanto que me duele el pecho al recordarte porque me quedaron muchas cosas en el tintero, quizás, porque no supe aprender eso de decir las cosas. Tendría que haberte dicho muchas más veces lo mucho que te quería. Y vos, que nunca dejaste de abrazarme, de consolarme cada vez que lloraba, de consentirme, de acariciarme, siempre encontraste la oportunidad para demostrarme tu afecto incondicional y desprendido.
Será que cuando somos chicos o adolescentes, nos cuesta imaginar que algún día, la vida se termina.
Viejo!. Estás por ahí? Si andás cerca acordate de nosotros, del patio y de la plaza, de las naifas y el bodegón, de tus tangos más renombrados y del perfume del jazminero.
Viejo! Te extrañan por todas partes, desde el Riachuelo hasta Portoferraio, desde el Olímpico de Roma hasta la cancha de Boca, desde los balcones repletos de malvones rojos hasta las luces de la calle Corrientes, desde la Isla Maciel hasta la esplendorosa Acassuso.
Viejo!. Todavía estás? Te mandan saludos los de Ases y Motores, los de Corsa y los de Critica, los de La Razón y los de la radio novela que nunca aprendieron bien la letra, los de Mitre y los de Municipal. Todos se acuerdan de vos.
Dale un beso grande a la nonna Carmen, al nonno Juan y a la nonna Blanca. En fin, a todos los buenos amigos.
Quedate tranquilo que por aquí aún resuenan tus canciones, pero más que nada, querido viejo…late con mucho orgullo mi trémulo corazón.
Tu nieto.