home
Cuentos parte 1

CUENTOS PARA LEER

Bocetos para cortometrajes

 

TIRSA

 

L

os primeros cien kilómetros pasaron como una brisa, las casas se hacían cada vez más acotadas y pequeñas, mientras el campo,  tras los alambrados,  parecía perderse en el infinito, frente a mí un espléndido ocaso mostraba mansamente sus contrastes, azules y naranjas, violetas y amarillos, rosas y celestes, formando entre  lánguidas nubes un exquisito abanico de colores. En verdad resultaba un placer manejar por aquella ruta tan serena y espaciosa. A mi lado María Laura se acomodaba en la butaca como para entregarse abiertamente al sueño,  en el asiento trasero los chicos aún estaban despiertos y bien que lo hacían notar, cantaban y jugaban sin parar, se los veía felices, es que salir de Buenos Aires en pleno septiembre era casi como un recreo impensado tanto para ellos como para nosotros.

Como un ritual de temporada, la parada en Dolores era obligada, estirar las piernas, cargar combustible hasta completar nuevamente el tanque, pasar al baño, refrescarse un poco y sentarse en el bar de Carracedo frente a las ventanas que miran hacia el monótono paso de los autos, junto a un buen café con leche acompañado por las tibias y deliciosas medialunas de la casa.

Los mojones habían desaparecido en la oscuridad, sólo algún cartel al borde de la banquina, o las luces de un auto en sentido contrario servían de distracción en la travesía nocturna. Tirsa era la única que aún estaba despabilada, con su nariz pegada al vidrio miraba ingenuamente los escasos resplandores que la noche devolvía, vaya uno a saber en qué estaba pensando, tan callada e imperturbable, tan propio de ella, de su forma de ser, romántica y melancólica, casi mágica. Es que los niños tienen la virtud de ver cosas aún en la nada, en lo insólito, en lo absurdo, en espacios inimaginables, en lugares en donde los grandes son, hace mucho tiempo, ciegos.

Algunos bancos de niebla reducían por momentos aún más la visibilidad, las luces del auto rebotaban sobre la densa capa brumosa y una fina llovizna avisaba un posible frente de tormenta. A pesar de eso el velocímetro seguía marcando ciento veinte, la ansiedad por llegar a Cariló era más fuerte y ya faltaba muy poco por andar. De entre los sueños y la realidad de Tirsa surgió como un relámpago la imagen misma del demonio, negro y gigantesco, con ojos desorbitados y cuernos sobre las sienes, un ser espectral que sin ser invitado atravesó no sólo la ruta sino también toda nuestra humanidad. El golpe fue violentísimo y como una nuez que se rompe con el apretar de una pinza, el auto se destrozó en mil pedazos y con él todo aquello por lo que había luchado, por lo que había vivido.

Después de tres días desperté entre cables, frascos, sondas y paredes azulejadas, apenas podía moverme, mi cuello estaba aprisionado, las muñecas atadas a la camilla y las piernas levantadas. En una silla solitaria de aquella fría habitación mi madre, como cuando era pequeño, parecía esperar a mi lado la conciliación de mis angustias, con la vista clavada al piso sostenía en su mano un rosario y un diminuto pañuelo blanco. Lentamente levantó la cabeza dejando a la vista un rostro enrojecido y agotado, parecía desfigurado, los ojos secos y perdidos quedaron varados frente a los míos como un barco en el puerto,  jamás podré olvidar aquella mirada, no hacían falta palabras, la tristeza es tan clara como la risa. Muda y sin gestos arrimó aquella vieja silla junto a la cama, acarició mis dedos y se quedó en silencio.

María Laura con fuertes traumatismos sobre las costillas y fracturas expuestas en la pierna derecha, Joaquín milagrosamente ileso, Tirsa, según cuentan, murió en el acto.

Regresar a casa fue tan doloroso como el adiós del cementerio, su cuarto ordenado no reflejaba lo que ella había sido en vida, las muñecas perfectamente acomodadas sobre los estantes y su perro de peluche recostado en la almohada parecían preguntar por su dueña, las paredes dibujadas con crayones me recordaron amargamente las veces que la retaba por hacerlo, el pianito de madera que no dejaba de tocar, sus libros de cuentos y los sombreros de la abuela que usaba para disfrazarse,  en cada milímetro había señales de ella, sin embargo no había respuesta, no se escuchaban ni sus cantos, ni su andar revoltoso, ni su voz angelical.

Llorando sin consuelo me quedé prendido de la cruz de plata que colgaba por encima de su hamaca, reprochándole el porqué me la había quitado, la arranqué con vehemencia y sin miramientos la arrojé contra la pared, cayó partida en dos no sin antes dejar una profunda marca en el yeso del muro. Aparecí sentado en el piso cerca del piano que tantas tardes habíamos tocado juntos. Tirsa tenía un agudo sentido del oído y aprendía con facilidad complejas melodías, una de sus preferidas era “Melody”, la tocaba con dos y hasta con cuatro dedos; sin darme cuenta repetía los acordes sobre las teclas gastadas.

Me culpaba una y otra vez por lo sucedido, ¿si hubiese manejado más despacio?. Si en lugar de ciento veinte hubiese circulado a ochenta  seguramente podría haber evitado el impacto y tal vez hoy Tirsa estuviese jugando con sus muñecas o tocando su piano de madera.

Las noches como los días eran inviernos eternos, gélidos y plomizos apartados del sol y de la luna, sin amaneceres ni despertares; dormir por agotamiento, alimentarse por subsistencia y caminar por inercia. La vida no tenía significado y el culto a la muerte se hacía cada vez más necesario.

Los brotes de los árboles y las primeras flores insinuaban que un nuevo septiembre estaba al llegar, pronto se cumpliría un año de aquel viernes trágico y es mentira que el tiempo cura las heridas, el sufrimiento no desaparece, por el contrario se había transformado en un castigo, en una condena, en un síntoma enfermizo de pecado y culpabilidad.

Con discreción armé la valija, pocas eran las cosas por llevar, una camisa blanca, ropa interior, la corbata de seda, el traje negro, los zapatos acordonados, la máquina de afeitar, el cepillo de dientes y el perfume. Subí a bordo de la Costera que salía desde Retiro a las siete en punto, pedí sentarme en ventanilla para poder mirar las estrellas, para buscar en la noche lo que Tirsa había perdido.

El pavimento continuo, un marchar parejo y el persistente sonido del motor a gasoil, acompañaban otro atardecer en la limpia llanura bonaerense, por el cristal entraron débiles destellos de lo que quedaba del sol, pronto el horizonte comenzó a perderse y con él las escuetas siluetas de los árboles. Recostado sobre el mullido espaldar esperé sin pestañear la zona del accidente, sin ningún tipo de sobresalto mi corazón se detuvo al pasar por el kilómetro que marcó definitivamente nuestro último día de felicidad, un maravilloso estado de ánimo y de gracia tan difícil de ver, de sentir y de identificar para aquellos que nunca supieron lo que es la pena.

La terminal estaba vacía, en la plataforma sólo se encontraban los pocos pasajeros de la costera que recién habían arribado, los contados lugareños se apostaban cerca de un par de negocios que aún estaban abiertos, más allá la boletería de guardia y cuatro perros gitanos que no paraban de rascarse; en la puerta, como formando parte del entorno desolador, un taxi carcomido por el salitre esperaba la llegada de algún descolgado visitante, no había otra opción para salir de la estación y todavía me faltaban ocho kilómetros para llegar hasta el bosque, no tenía ánimo de caminar, así que sin demasiada convicción me introduje en aquel rejunte de chatarra  que con los escapes rotos me llevó hasta la hostería del Viejo Molino, un paraje que en verano suele estar atestado de gente. El conserje parecía una figura de cera que leía ensimismado las páginas amarillentas de un ejemplar de Salgari, pestañeó y me observó de reojo, sin diálogo estiró la mano hasta la cuadrícula que sostenía las llaves, tomó la primera que encontró, le daba igual pues todas estaban puestas en su correspondiente gancho, preguntó por mi nombre y de dónde venía, lo anotó con displicencia sobre la ficha de rigor y continuó leyendo como si nada.

La habitación tenía olor a humedad, los postigones estaban cerrados y algunas telas de araña se mecían suavemente entre la pared y la cabriada de madera, un frío extraño invadía el ambiente, la quietud era absoluta y el silencio sólo se quebraba por el silbar del viento que se filtraba por entre las endijas. Apoyé la valija sobre la cama quité las trabas y comencé a desempacar todas las cosas que había llevado conmigo. Faltaban veinte minutos para las doce de la noche y pensé que ya era tiempo de iniciar la ceremonia; me quité la ropa que llevaba puesta hasta quedar desnudo, me afeité y me quedé por unos minutos sentado bajo la ducha caliente. Salí del baño y comencé a cambiarme con el cuidado de aquel que tiene la primera cita. Estaba casi listo, tenía puesto mi traje negro, la camisa blanca y la corbata de seda, rocié mis orejas y mis manos con el perfume lavanda que tanto le gustaba a Tirsa, antes de salir me detuve frente al espejo para acomodarme el nudo y la solapa, revisé dentro de mi saco asegurándome de  llevar las fotos más queridas y partí.

Las calles estaban desiertas y la noche desplegaba un manto de estrellas sobre mi cabeza, a lo lejos se escuchaban los acordes de una música dulce que iba desapareciendo a medida que me acercaba al mar, delante de mí los pinares se abrieron como un telón, surgió entonces el primer médano y luego el otro, altos como torres intentaron abrazar mis pies para entorpecerme el paso, no sin esfuerzo conseguí atravesarlos, con los zapatos llenos de arena llegué hasta la playa vacía y despejada, ante mis ojos surgía aquella enorme masa de agua oscura que rugió al verme y de inmediato deslizó sobre la grava mojada una fresca cubierta de espuma.

Tras las paredes de arrecifes molidos unos fuegos de artificio volaron de Oeste a Este para morir en el mar, era un espectáculo soberbio que anunciaba la primer noche de primavera y el adiós al crudo invierno. El cielo azul se debatía en un combate desigual entre constelaciones eternas y efímeros saludos de la humanidad.

Caminé lentamente hacia el océano aferrando en mi mano el puñado de fotos que había guardado, las olas me oponían la primer resistencia severa y el agua helada pinchaba como alfileres todo mi cuerpo. Pronto el primer oleaje me cubrió por completo y, como apiadándose de mí me devolvió nuevamente hacia  aquel cielo deslumbrante e inmortal, tozudamente continué avanzando y esta vez la misericordia no se hizo presente, aquel abismo negro me tragaba irremediablemente. Sabía que iba hacia la muerte y sin embargo no tenía miedo, la había deseado con desesperación desde aquella noche, necesitaba purgar mis culpas y reencontrarme con mi amada hija para pedirle perdón, para volver a abrazarla, para que su espíritu virginal no deambule solo por los canales del olvido; mi luto se deshacía entre las mareas y, pese a que anhelaba acabar con tanta angustia, un instinto rebelde y atrofiado aún luchaba por sobrevivir, contuve el aire todo lo que pude, abatido y entregado, abrí los ojos para poder ver el final de mi vida terrenal, extrañamente la ceguera transitoria se convirtió en penumbra y luego en luz cuando desde las profundidades turbulentas de aquel universo apareció ante mí, resplandeciente, la figura de una pequeña mujer con largos y finos cabellos rizados cadenciosamente suspendidos entre las corrientes marinas, su semblante nacarado, sus brazos abiertos y extendidos, la suavidad de sus movimientos y su aspecto cándido y confiable,  transmitían, en todo su conjunto, un cautivante e irremediable sobrecogimiento. Pensé por un instante que aquel ente divino venía en mi búsqueda para conducirme ante los ojos del supremo creador, sin embargo se detuvo junto a mí como un pez curioso, arrimó su boca hasta envolver la mía y comenzó a soplar hacia mis entrañas, el aire reactivó mis sentidos hasta hacer desaparecer todo rastro de ahogo, al separase de mí, advertí conmovido que su rostro había cambiado, esa enigmática criatura se trataba de mi Tirsa, con suavidad me tomó de la mano y lentamente me llevó hacia la superficie, las ondas del mar la quitaron por un momento de mi vista, enloquecido grité su nombre en todas las direcciones, una y otra vez, ya sin fuerzas intenté en vano nadar hacia la playa, mis piernas acalambradas y mis torpes brazadas hacían inútiles mis intentos, pero ella regresó y me sostuvo como si fuera un niño.

Por un buen rato quedé tirado en la orilla semi inconsciente sobre un colchón de algas y caracolas,  ella permanecía a mi lado como un ángel protector, reposada y sonriente  acariciaba con ternura mi mollera, su vestido largo en torbellino giró a mi alrededor y corrió con zancadas sordas hacia la primer duna, como jugando a escondidas me observó tras una rama, raudo me incorporé para salir a su encuentro, sus huellas dejaban brillos por donde quiera fuera, era como si quisiera que yo la siguiera; el primer pino le sirvió de escudo y saltando de uno en uno se internó en el bosque recogiendo flores desde los jardines del cielo que solo desparramó cuando llegó a un descampado cubierto por desperdicios, escombros, tachos y arrumbados canastos. De rodillas quedó de cara a un matorral enmarañado, entre las sombras su estampa se recortaba como una farola encendida, irradiando matices fosforescentes que formaban dibujos imaginarios sobre todo lo que la rodeaba,  viejas latas apiladas se convirtieron en columnas, montículos de bolsas y piedras en contrafuertes, troncos de leña en escaleras,  hojas marchitas del suelo en una mullida alfombra y el follaje del monte en arcos de medio punto. Sus ojitos de anís me invitaron a sentarme junto a ella, elevó su pulgar y lo orientó hacia la maleza, noté que entre bollos de diarios y trapos embarrados algo se movía, se escuchó un chillido como de animal herido, me indicó que fuera y lo descubriera, dudé por un instante pero con cautela comencé a apartar los arrugados papeles y las telas raídas, un débil gemido me hizo retroceder bruscamente, ella insistió y levantando con cuidado el último velo de aquel manojo de despojos, brotó a través de la penumbra y envuelta en lanas tejidas una diminuta virgen, recién salida del vientre y con su cordón aún pegado, temblaba y sollozaba estremecida, tomé a la pequeña con extrema dulzura, la acuné en mi pecho y le di calor, pareció quedarse dormida. Incliné mi espalda para revelarle el hallazgo pero ya nada había, solo la tenue claridad del primer amanecer de primavera. Tirsa había partido.

 

Alejandro Maruzzi - (ALMA)

 

  

Italiano